De aquel silencio que emerge del eco,
podría dormir con el sigilo de una sombra
sobre la cama donde yacían mis raíces
y que ahora, solo hay ramas secas.
Un aire a otoño, va y danza conmigo,
llevándome como hojas secas.
Arrastrándome hacia las alcantarillas
con una lluvizna por dentro.
Manifiesto mi deseo de ser querido,
queriendo la soledad.
Adentrándome a los tormentos que ésta
trae consigo.
A la locura,
a los delirios de grandeza,
a las rebeldías
y a la vida, la vida en su estado más crudo.
Colores pintados de grises,
entristecen el cielo,
espantan las nubes
y corretean a las aves
y todo aquello monótono lleno de vida.
Mi espíritu espera de su libertad,
y por ello, busca el suicidio de lo mundano.
¿Cómo deshacerse de lo que no está preso,
sino más bien, está muerto?
Con melodías y llantos
enfrascadas en diamantes,
compro la esperanza.
Y aunque sea un miserable mentira,
aún le conservo la fe,
la misma que aún poseen
aquellos pensamientos
de retornar a los sueños divinos.
Perdido entre la niñez y la mordida,
veo el espejo roto;
sin reflejo,
sin brillo,
sin sombra...
Tan solo la ausencia
ocupando el espacio donde debería ir mi sonrisa.
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