Marchan y marchan,
desgastando sus pies.
Salen de sus cuevas
los ermitaños y gritan
a las desoladas montañas.
Marchan y marchan,
hasta desangrar su cuello.
El sudor y la fiebre.
Una tempestad de voces
corean para espantar
la pobreza hecha sombra.
Marchan y marchan.
Fatigados ante el emperador de los cielos,
no se rinden,
arrastran de su honor más pesado.
Marchan y marchan,
sobre asfalto,
cuerpos de madera
que un día fueron paja.
Toca los rascacielos
la ignorancia
y cae tan pesada
como una pluma.
Abre sus alas el águila,
vuela sobre los caminos
borrando las huellas
y así perderse
en las andanzas.
Marcha y marcho,
con miedo en forma de estaca,
clavado en mi pecho.
Desborda la sangre sobre mi cuerpo,
un liquido transparente
pero con un olor fresco.
Es el renacer del sol y la luna.
La ciudad grita en silencio,
mientras la revuelta se hace mayor.
Corean mis temores
con la voz de un guerrero
al mañana de mis hijos
y el ayer de mis padres.
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