Confieso que he pecado,
he sido un ser humillante,
una persona enfrascada en derrotas
y dolores.
He perdido el gusto de vivir,
de escuchar el soplido del viento
solo verlo arrastrar las palabras que mis amigos dicen,
ya no acaricio la cuna de la niñez marchita,
del griterío salvaje en la ciudadela de basura.
Me he entregado a la muerte,
unas cuantas veces pero ella
no aparece como lo hizo con mi padre.
Confieso que he amado,
he carbonizado el corazón en un amor
qué ya no vive más,
he visto mujeres danzar frente a mí
y solo puedo sentir morbo.
He amado con dos corazones,
uno de hierro para creer que tengo uno
y otro de cristal, para entregárselo
a la mujer que viste de velo
en la penumbra de una alta iglesia fluorescente.
Confieso que he llorado,
por el aturdidor ladrido de la noche,
la melancólica coral de grillos posando en mi ventana
y el temible abrazo de la desconfianza
Susurran a mis oídos, las ideas
ya quebradas en el anhelo de su libertad.
Confieso que he reído,
de ver al miserable comer su sudor,
del hombre con el lomo roto, buscando reparó
de otros corazones hechos trizas que se derriten en llanto.
He reído de la ebriedad de mis movimientos,
de los cuadros que decoran el presente con un pasado amargo.
He reído de inválidos deseando tocar el cielo,
cuando apenas ellos no tocan su realidad,
he reído de mi más afortunado sueño de ser un adonis
repleto de prostitutas maltratadas.
Tanto que he reído ya me duelen los dientes,
por eso termino llorando en el regazo de mi madre.
Confieso que he escuchado secretos,
sobre lujuriosos pensamientos,
he escuchado los pesares de almas vagas,
he escuchado lo que le dice la lluvia al suelo, antes de caer,
créame, no es nada hermoso oírla caer.
He saboreado lagrimas vírgenes
servida en mis manos.
Confieso que he pecado,
derrumbando mi camino para así llevarlo
al vertedero de la felicidad.
Tal vez mi pecado no sea ese,
sino el que he vivido poco
en un mundo repleto por lunas y soles,
rosas y tijeras,
humanos y animales,
políticos y pueblos sumisos,
poetas y científicos,
millonarios y vagabundos,
hombres de vidas alegres y mujeres,
de errores y desafortunados,
de vodka y cigarrillos,
de libros y computadoras.
Confieso que he vivido poco,
por querer ser otra persona.
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