El día en que la amargada vejez
acaricie mi pelo,
la plata brillara por su antigüedad,
dejando experiencias vivas sobre el polvo.
Mi espalda se convertirá en un cementerio
de pecados y placeres,
La fría y malévola brisa,
envenenara mis huesos hasta hacerlos débiles.
Los atardeceres dejaran de radiar
y las colinas lloraran a ríos.
Cuando la vejez, me felicite un día,
no tendré suficiente aire en mi boca
para apagar esas burlonas velas
que guardan el fuego de mi juventud.
Mi cuerpo será blando
como el cristal en la ventana,
las aves no silbaran la alegre melodía que les enseñe,
lo olvidaron con mis años.
No habrá beso divino,
que pueda salvar este encerrado sufrimiento,
el corazón late tan lento
y bombea la sangre marchita a los delirios.
Cuando el cuerpo se duerma,
la vejez vendrá vestida de muerte
sutilmente a cantar
aquella melodía que las aves olvidaron,
mis ojos bailaran hasta el agotamiento,
mi consciencia se limpiara en el ultimo pecado,
este cuerpo descansara en las añoranzas
mientras mi alma volara libre
en busca el fulgor de los días olvidados.
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